Nosotros

Cómo nació Happy Brains

Nuestras Historias

El grupo de los “Happy Brains” ha surgido porque todos nosotros tenemos varias cosas en común. Todos hemos sufrido algún tipo de daño en el cerebro, todos hemos pasado por el CEADAC, y todos tenemos las ganas de que nuestra experiencia pueda servirle a alguien de ayuda, de la manera que sea.

La idea de contar nuestras historias es muy simple, hemos conseguido llegar hasta aquí, y solo por eso ya merece ser contado. Somos supervivientes de un drama que hemos sabido convertir en una experiencia positiva, le hemos dado la vuelta a la tortilla y aquí estamos para contarlo. Cada una de nuestras historias es un punto y final que se convirtió en un punto y seguido.

Cada uno de nosotros es un “pequeño milagro”, ya sea gracias a la ciencia, a la suerte, o a la cabezonería, pero lo cierto es que aquí estamos para contarlo, insisto en esta idea porque creo que hemos tenido una segunda oportunidad para dejar algo de nosotros mismos en este mundo. Todos hemos vuelto a nacer, en la cabeza de todos ronda alguna fecha que nos marco el punto de inflexión, desde el que comenzar un nuevo camino.

Durante el tiempo que he estado en el CEADAC he conocido a grandes profesionales, pero sobre todo, a grandes personas. En mi caso, todas las personas que he conocido han sido mi tabla de salvación en mi camino de la recuperación, son mi familia en este camino que nos ha tocado recorrer, y sin todos y cada uno de vosotros, no estaría donde estoy.  Seguro que no soy la única que piensa así…

La historia de Rosa.

Rosa estaba un poco reticente a hablarme de su historia, considera que ni su daño cerebral ni las secuelas que le han quedado sean lo suficientemente importantes como para hablar de ellos. Qué equivocada estás amiga!. La importancia no reside en estas cosas, sino en la persona, y en la manera que tiene de afrontar un proceso vital en el que nos embarcamos sin remos y sin acompañantes.

En mi primer día en el CEADAC, sentada en aquel mar de confusión, rodeada de desconocidos y al borde de las lágrimas, su enorme sonrisa se giró hacia mi: “no te preocupes, al principio yo estaba igual que tú, ya lo irás cogiendo, yo te ayudo con esto”. Ese primer día,di gracias por coincidir con ella en casi todos los talleres, fue mi Cicerone en aquel caos en el que yo no entendía nada y que me desbordaba por los cuatro costados. A partir de ese momento, Rosa se convirtió en mi principal apoyo para ir superando todos los retos que se me planteaban, y a su lado, parecían menos difíciles.

“Nadia, es que yo soy madre” siempre me decía. Y ejerce dentro y fuera de casa esa maternidad con mayúsculas con todo el que tiene cerca, pero sobre todo lo hizo con Pergen y conmigo, tal vez por ser más jóvenes, nos ha cuidado, mimado y protegido en este camino que nos ha tocado recorrer. Camino que a su lado, ha sido un poco menos duro. Sus hijos, Rosita y José son realmente afortunados por tenerla de madre, y han compartido con nosotros un poquito de su fortuna.

Y es que Rosa es de esas personas que deja sus problemas de lado y vive centrada en ayudar a los demás, es de esas personas altruistas por naturaleza. Es una mujer cuya enfermedad lo único que ha conseguido ha sido acentuar este rasgo que la distingue y caracteriza, la hace destacar y la ilumina, iluminando a todos los que tiene a su alrededor, aunque ella lo único que quiera sea pasar desapercibida. Es una mujer cuya enfermedad ha hecho mejor persona si cabe. Más de una vez hemos sido conscientes de lo afortunadas que hemos sido, porque esta enfermedad nos ha traído demasiadas cosas buenas…

Para Rosa, este accidente del destino ha supuesto una segunda oportunidad en la vida. Como para muchos de nosotros, ha supuesto un enorme cambio personal. Ahora la vida se ve de otra manera, es más flexible, más paciente y más tolerante con la propia vida y con los que la rodean. En definitiva, ahora es una persona enriquecida en muchos aspectos que antes no se hubiera ni imaginado. Como le gusta decir a ella: “el arroz hay que dejarlo reposar”.

La nueva vida Rosa comenzó en las Navidades del 2015. Pasó la Nochevieja en la playa con su familia, y del 3 al 5 de enero estuvo organizando los regalos de Reyes para sus dos hijos y su marido, en Madrid, llena de ilusión y planes para el nuevo año. Pero la noche del 5 de enero el destino decidió que su vida tomaría otro rumbo bien diferente…

Como muchos de los que hemos sufrido un ictus, Rosa despertó en mitad de la noche muy agitada. Sentía como si tuviese piojos por todo el cuerpo y un gran dolor de cabeza, quería levantarse al baño, pero no lo conseguía. Gracias a Dios, su marido estaba a su lado y se dió cuenta de lo que estaba pasándole a Rosa y en seguida llamó al 112.

Las preocupaciones de Rosa mientras los sanitarios y su hermana aparecían en escena, eran que tenía que conseguir ir al baño y que los regalos de Reyes no estaban envueltos, no podía hacerle eso a sus hijos. Y es que en esos momentos no entiendes por qué todo el mundo te mira horrorizado y no paran de preguntarte y hacerte cosas extrañas, tienes la necesidad de seguir con tu normalidad, que tu mundo siga girando al ritmo al que siempre ha ido, pero no es así, todo tu mundo pega un frenazo en seco y se da la vuelta sin remedio.

El siguiente recuerdo ya es en el Hospital de la Princesa, desde el que la trasladaron a la Paz, donde el impacto fue abrumador. Es curioso como en esos momentos parece que nuestro cerebro selecciona recordar las cosas que más fuerza nos van a dar, Rosa recuerda la voz de su amiga Sonsoles: “Venga Rosa, qué tu siempre has sido muy fuerte”. Fue en ese momento cuando tomo conciencia de que algo muy grave estaba pasando, y en lo único que podía pensar ahora es en que nunca les pasase algo así a sus hijos.

Al final, consiguieron que se le olvidaran los regalos de Reyes a base de frases como “tenemos que dar gracias de que estés viva”. Pero, en esos momentos, no terminan de tener sentido estas ideas en tu cabeza, todo parece una locura. No es hasta que van pasando los días, incluso los meses, que vas tomando conciencia de lo que te ha pasado realmente. La vorágine de personas, pruebas y retos diarios no te dejan tiempo para  darte cuenta de lo que estás viviendo. Y cuando te quieres dar cuenta, lo único que puedes hacer es adaptarte y enfrentarte a una nueva realidad que no entiendes, que a veces te quita el aire, pero te paras, respiras y sigues adelante.

Trece días de ingreso hospitalario. Parece poco, pero son trece días llenos de recuerdos muy desagradables. A veces, no somos conscientes de lo mal que lo puede llegar a pasar un enfermo en un hospital hasta que no lo vivimos en primera persona. Pero también fueron trece días llenos de momentos de incalculable valor, puesto que tampoco vemos todo el amor que nos rodea, hasta que no nos toca vivir una situación como ésta.

El día que le dieron el alta hospitalaria, Rosa quería volver en moto a su casa, todavía no era consciente de sus nuevas limitaciones, no entendía  todas las cosas que le decían que ahora ya no podía hacer. Y es que tu cabeza entiende que cuando te dan el alta, es porque ya estás curada. En ese momento, no sabes que lo más difícil está por venir.

Aunque todas las cosas que sí podía hacer, desde poder ir al baño sóla a comerse un flan, ahora sabían a gloria bendita, ya que la sensación es como de hacer todo por primera vez de nuevo. De repente, regresas a tu infancia y vuelves a valorar cosas que tenías olvidadas: sabores, olores, sensaciones… Qué gran regalo tener la oportunidad de volver a vivir y disfrutar las cosas más sencillas de la vida!

En el caso de Rosa, físicamente las secuelas eran prácticamente imperceptibles, con lo que parecía que todo iba bien. Pero con la vuelta a casa, comenzó a darse cuenta de las nuevas limitaciones que invadían su cerebro, y es que un trocito de éste se había muerto. El aturullamiento, el cansancio, los agobios, la incomprensión, y millones de factores nuevos. Una nueva realidad a la que no sabes cómo enfrentarte, ya que tu cabeza ya no es tu cabeza, ni tú vuelves a ser tú.

Pasaron unos dos meses desde que salió del hospital hasta que ingresó en el Ceadac, punto de inflexión para la recuperación de Rosa, como para tantos de nosotros. La falta de información acerca de la existencia de este centro casi lleva a su familia a tomar la decisión de llevarla a un centro privado, con cuyos gastos no podemos cargar el 99 % de nosotros, lo que llevó a muchos conflictos familiares y personales, porque Rosa no quería ver la necesidad de hacer terapias para mejorar sus funciones cognitivas.

Y es que cuando parece que estás más o menos bien, no es hasta que te enfrentas a los talleres, a los terapeutas, a los neuropsicólogos, etc.  que  empiezas a darte cuenta de las secuelas reales que te ha dejado el daño cerebral. Por esto, es una suerte encontrar un sitio como el Ceadac, pero también es una suerte encontrar a las personas que lo conforman, tanto trabajadores como usuarios.

De repente, das con gente que está pasando lo mismo que tú, en mayor o menor medida, pero que te entiende, te comprende y acepta a tu “nuevo Yo”. Personas con las que no coincidirías en nada si no hubiese sido por el daño cerebral. Es una experiencia vital que genera un vínculo mucho más fuerte  de lo que te puedas llegar a imaginar, y de lo que la gente que nos rodea es capaz de entender.

Durante los seis meses que Rosa pasó en el centro, aprendió a tener recursos para enfrentarse a los nuevos retos que las limitaciones de su enfermedad habían dejado en su vida. Pero también aprendió a creer en un sueño, en los Happy Brains. Un proyecto que surgió de las charlas entre terapia y terapia, y que llena de una nueva ilusión la cabeza de nuestra Presidenta.

Y es que, para muchos de nosotros, este proyecto le ha dado un nuevo sentido a nuestra vida. Ya que nuestro principal objetivo es poder ayudar a que toda la gente que sufra daño cerebral, tenga la oportunidad de vivir una experiencia tan enriquecedora como la nuestra. Que nos tengan a su lado para ser su guía y su apoyo en este camino tan duro en algunos momentos, pero tan maravilloso en otros tantos.

Gracias Rosa, por compartir tu experiencia con nosotros. Eres una mujer llena de coraje y de amor. Eres un ejemplo a seguir, como todos y cada uno de nuestros compañeros, y como toda esa gente anónima a la que intentamos dar voz y protagonismo con cada uno de estos relatos.

 

 

La historia de Natalia.

Terapias Happy Brains